¿Qué es esa cosa que dimana en nosotros cuyo comienzo nos resulta a todos difuso?
¿Qué
es esa cosa que siempre intentamos petrificar, proteger de los golpes del tiempo, y que no queremos aceptar que pasa efímera
como el chispazo de un mechero?
Posiblemente
alguno de ustedes haya sido testigos de cómo el hálito de una
palabra ha asomado consternada, tierna y recelosa en su mente: “La
vida”.
Sin
embargo, no es eso a lo que me refiero. Estoy aludiendo a un ente
mucho más frágil y condicionado que la vida: la consciencia. No es
la vida lo que queremos que no se extinga de nosotros. En realidad la
vida pasa, se releva de generación en generación, y se extiende en
la dimensión temporal sin recato, ni preocupación.
Es
la consciencia sobre vivir lo que nos hace pensar que es la vida
también lo que se pierde cuando alguien muere. Pero la consciencia
es frágil y condicionada.
Condicionada,
porque depende de nosotros, porque si uno elimina sus tendencias
posesivas ante la vida, al menos le queda la consciencia, que es de
uno y nada más, pero que parece esfumarse cuando el cerebro se
apaga.
Es
frágil, porque depende de un cuerpo único, que tiene sus patrones
concretos, un corazón que lo combustiona, unas patologías latentes
esperando a desenvolverse (si es necesario), un recorrido, una
historia, una oportunidad.
A
lo largo de la historia los filósofos han intentado dilucidar qué
es lo que nos hace diferentes a los animales. La civilización se ha
diferenciado y distanciado de la naturaleza. Hemos dado por hecho que
ocupamos un lugar privilegiado en el medio que nos rodea. Las
religiones han avalado nuestras historias, han justificado nuestros
sacrificios y nos han permitido vivir con esperanza, sabiendo que más
allá de lo que conocemos como “esta vida” una historia diferente
está siendo curtida para salvaguardarnos, para dar respuesta a
nuestras preguntas.
Un
principio básico en psicología es el siguiente: “los individuos
no se supeditan a la realidad en la cual conviven, los individuos
supeditan esa realidad a sus preceptos”. De este principio se
extrae que de manera casi mecánica un individuo se referirá a su
realidad próxima como la única realidad posible, la auténtica
realidad (pero la ontología no se corresponde con la epistemología,
como si decía Platón). Lo cierto es que la realidad que conocemos es
la realidad que nosotros construimos. ¿Se necesita mucho empeño
para luchar en contra de esta torrencial y natural tendencia?.
Un
ejemplo de nuestra subjetividad es el siguiente: las manzanas son
rojas, porque categorizar el color rojo como algo radicalmente
diferente al verde nos permitía en antaño localizar las frutas de
los árboles, con menos esfuerzo en la búsqueda. Pero lo cierto es
que hay una energía externa que tiene unas cualidades diferentes.
Hay algo fuera ante lo que nosotros reaccionamos. Por nuestra parte
no nos queda más que generar la sensibilidad pertinente para
diferenciar el rojo del verde, porque es así como nuestra evolución
lo ha establecido.
Pero
la energía que llega a nuestros ojos es espuria, está sucia, está
diluida en un intercambio caótico de moléculas que nuestro cerebro,
con gran esfuerzo, maña y constancia, ha conseguido limar para que
todo parezca limpio, para permitirnos discurrir por el entorno de la
manera más operativa y funcional que hasta el momento conocemos.
Pero
la realidad, la realidad es más compleja de la que nuestro cerebro
determina. La realidad es un reto continuo. A cada hora, cada minuto,
cada segundo. La información que recibimos de fuera es nueva,
disonante e incluso desestabilizadora.
Lo
cierto es que todos estamos bien contentos cuando vemos que los
países occidentales están de acuerdo con el consenso implícito que
pone en punto de mira a cualquiera expresión de terrorismo islámico.
Nadie se opone ante el hecho de que la supremacía hegemónica de
Europa y de EEUU es incuestionable, porque nuestra superioridad ya no
se avala en la -ahora cuestionada- superioridad económica, sino que
a nuestro favor tenemos los valores: la libertad, la democracia.
¿Son
estos valores los que justifican nuestra superioridad? ¿O es nuestra
tendencia a diferenciarnos de otros grupos sociales lo que justifica
la exhibición de nuestros valores?.
Y
con esta pregunta entramos en el enclave más importante que
concierne a nuestra consciencia. Lo que pensamos tiene intenciones,
la realidad que construimos obedece a intereses personales que no
siempre reconocemos.
Cuando
miramos los libros de texto de historia, parece que nos hablan del
pasado como algo que tienen solución de continuidad con el ahora,
como algo que pertenece a otro mundo, incluso como algo que pertenece
a la élite (la aristocracia, la monarquía...).
Si
desde pequeños nos enseñaran a valorar las cosas, sin mensurar las
experiencias históricas recopiladas desde las limitaciones de
nuestra percepción temporal, posiblemente desarrollaríamos más
atracción por los acontecimientos remotos, puesto que desde la
perspectiva del tiempo geológico: 1000 años es nada, 5 millones de
años también lo es, y el origen y fin del universo quizás es tan
efímero como el chispazo de un mechero, como nuestra “vida”.
La
realidad es una construcción. Y ello quiere decir que durante siglos
hemos estado siempre peleándonos por defender diferentes verdades
incuestionables para interpretar la realidad. “Si la realidad es
que mi Dios creó mi mundo, cualquier alternativa o cualquier
corriente incipiente en mi territorio es sencillamente una aversión
a mi manera de pensar y una amenaza para los míos”.
Pero,
vuelvo a hacer la misma pregunta tautológica que antes hice, ¿la
construcción indisociable de otras perspectivas es lo que provoca
que yo luche por defender mi parcela de verdad? ¿O es mi motivación
por estar por encima de los demás, por tener acceso a los recursos y
al poder (aunque no lo reconozca conscientemente) lo que me lleva a
creer tajantemente en una verdad que estaré dispuesto a defender
hasta la muerte?.
Francisco
Mora es uno de tantos neurólogos que creen en una creciente
consiliencia de las ciencias, cree que las humanidades y las ciencias
no tendrá más remedio que converger aceptando su necesaria
retroalimentación mutua. En uno de sus libros, justifica la base
neurológica por la que estamos programados para estar dispuestos a
creer en un Dios, a sacralizar una realidad, a ponerla en el exterior
como algo que de orden, seguridad y estabilidad a mí y a los míos.
Es
difícil poder afirmar que todas nuestras creencias y también
nuestros patrones han tenido un importante papel en el desarrollo
evolutivo. La psicología evolutiva está en boga en las ciencias
naturales, gracias a ella nos podemos permitir ver hasta qué punto
ciertos mecanismos mentales que llevan operando en nosotros han
tenido más que ver con los intereses sesgados por ver las cosas de
un determinado modo, y no de otro, que con la defensa de una realidad
auténtica.
¿Qué
sucede cuando vivimos en un mundo que ofrece múltiples y
compartimentadas explicaciones ante la realidad?
Por
un lado los genetistas nos dicen que nuestro comportamiento viene de
un origen animal, y que en nuestro día a día dichos vestigios
todavía influyen en nuestra ejecución diaria.
Los
constructivistas nos dicen que la realidad es un consenso social, que
es algo contingente y arbitraria. Nos dicen que de base hay un motivo
de supervivencia, la aceptación del criterio del grupo y la
evitación de alienamiento. Pero dicen que todo es maleable,
cambiable, idiosincrásico.
Las religiones, en este panorama de explosión epistemológica, todavía siguen lanzando sus verdades sentenciosas, sus axiomas.
Las religiones, en este panorama de explosión epistemológica, todavía siguen lanzando sus verdades sentenciosas, sus axiomas.
Los
psicólogos clínico-conductuales nos hablan del control del estrés,
de todas aquellas cosas que tenemos que hacer para tener una vida
sana.
Los
antropólogos nos preguntan para qué queremos una vida sana.
Los
que están implicados socialmente nos hablan de las consecuencias que
tiene nuestra vida sana en el resto del mundo.
Los
economistas nos muestran crispaciones parametrales y abanderan el
"status quo" del consumo como la forma más sublime de forma de
vida.
Y
en la vida personal no todo es menos. ¿Qué es lo correcto?, ¿vivir el
momento o vivir conscientemente responsabilizándose de lo que sucede
alrededor?¿O ambas cosas?. Digo esto, porque a los psicólogos fabricados en las
facultades nos han instruido para entender los problemas del
individuo atendiendo a su contexto circundante y dando por hecho que
queremos que esa persona disminuya en ansiedad y disminuya en estrés.
Pero la pregunta realmente pertinente que habría que hacerle a un
paciente, posiblemente sea ¿Para qué?. ¿De qué sirve que
continúes con tu aberrante forma de vida? ¿Por qué quieres
sentirse, sencillamente, “bien”?.
En
ocasiones, solucionar un problema no consiste en disminuir los
indicadores manifestados de los síntomas (si se le sale un ladrillo
a la casa, le doy un martillazo al ladrillo para que vuelva a su
sitio). Somos seres multidimensionados, y dicha manifestación
externa sintomática a veces no es sino la vía de escape, la
expresión, de una serie cuajada de elementos que luchan por dentro.
La realidad es holística. Y no estoy con ello defendiendo el
psicoanálisis. Este es un concepto, que aunque no se oiga
asiduamente, los propios neurocientíficos dan por hecho: no existe
un área concreta que determine la consciencia – que es el tema que
nos trata – la consciencia posiblemente tiene lugar como el
resultado global de la interacción coordinada de todas las áreas
cerebrales. No hay un área que orqueste al resto. El cerebro
funciona de manera sincrónica, todas sus partes se implican con la
misma importancia, por el simple hecho de que si eliminas una parte:
el todo pasa a ser algo diferente. Cuando un área concreta se
lesiona el resultado no es la expresión directa del déficit de ese
área, sino del acoplamiento de todas las áreas colindantes que se
asocian con el área lesionada.
Como
pueden notar. Este es mi primer artículo en mi blog. Y más que el
tratamiento de un tema concreto, parece que estoy haciendo una
divagación encadenada sin un objetivo concreto. He de decir, que las
formas del artículo no son las perfectas, pero que anuncio que todo
para mí, de cuanto he dicho, está totalmente relacionado. Está
relacionado, porque los avances a los que me referí son
manifestaciones de nuestra cultura que han conseguido implementarse
en nuestro tejido comunicacional desde hace muy poco, aunque no han
conseguido hacer mella en la consciencia global ni en los patrones
mecanizados de nuestras conductas y nuestros pensamientos.
¿Qué
es lo que te convierte en “tú”?. ¿De verdad eres de esas
personas que nunca te lo preguntas? ¿De verdad no tienes, con el
transcurso de la edad, la inquietante e incipiente necesidad, de
sencillamente, creer en algo?.
Si
eso es así, reconoce, quizás sea la parte más importante.
Reconocer que el ser humano necesita creer en algo. Por eso yo no soy
de esos que van despotricando contra las religiones.
Las
religiones responden a una necesidad humana genuina, si no fuera así,
sencillamente no existirían.
¿Estoy
justificando la religión?. De qué me sirve responder a esta
pregunta, la realidad es que las religiones existen. Pero al margen
de lo que se crea, lo que realmente hay es una necesidad de -Eduardo
Punset dice que innata- consagrarse a un esquema que de sentido a
nuestra existencia, que nos permita, al fin y al cabo, ser felices.
El
mundo se ha perfeccionado, se ha curtido de una ingeniería
tecnológica, informática y mercantil, sin parangón. Pero lo
cierto, como dice Pedro Jara en Adicción al pensamiento, es que
seguimos teniendo las mismas limitaciones mentales que antes, por el
simple hecho de que es más fácil cambiar la realidad externa
material -seguida de los valores sociales- que la consciencia de las
personas.
Seguimos
necesitando las mismas cosas de hace siglos, seguimos teniendo la
necesidad de crear un nicho cercano en el que validar una realidad
inmediata, tangible, cercana. Y eso es posiblemente la necesidad más
genuina que debamos reconocer. Nuestro mundo se ha vuelto complejo,
una máquina gigante de fabricar crecimiento, una máquina que se
hincha y que arriba, en dicho crecimiento, la tensión creciente de
la desigualdad, la miseria. Dentro de nosotros está la vida,
nuestros cuerpos, nuestras células están fabricados con el material
del planeta. Pero el sistema que hemos creado hace que nos
diferenciemos cada vez más del otro, que miremos asombrados por las
ventanillas de Internet los gozos infinitos de los que nos privamos,
que pensemos que merecemos, (que podemos) lograr más, mucho más.
Pero la realidad es, que unos seres que viven en este mundo tan
complejo y que tienen por mayor motivación la de destacar, la de
hacerse ver; no son individuos conectados, no son individuos
conscientes. Pues la expresión del sistema es la expresión de
nuestra construcción conjunta; somos la expresión -arbitraria,
causal y transitoria- de la vida que el planeta manifiesta.
Como
dije antes, durante siglos, nuestras funciones han estado claramente
determinadas. El que nacía tenía una longevidad bastante más
escasa de la que la mayoría de nosotros goza (al menos, los que
llegan a leer esta entrada). El mundo externo en el que vivíamos
tenía, por lo general, fuentes claras sobre las que proclamar qué
es “la verdad”. La ética no era solamente una dimensión humana
a la que se apelaba, sino que se daba por sentado que era el pilar
axiomático de la realidad social del día a día -su tu mujer
cometía adulterio, lo correcto era asesinarla, sin más cuestiones-.
Durante
siglos, en el ser humano han prevalecido esos preceptos sobre los que
al fin y al cabo hemos ido generando estabilidad. Es comprensible la
necesidad por parte de algunos de negar las evidencias. Se hace
entonces evidente la inquisición de Galileo, la clandestinidad de la
teoría evolucionista de Darwin y la aversión al giro Copernicano.
La
verdad asusta. La verdad muestra que lo que habíamos creído era
solo una ilusión, un fantasma, una mentira. En el último siglo
hemos sido testigos de un despliegue sin-igual en cuanto al
conocimiento exhaustivo del mundo. Continuamente vivimos estimulados
por evidencias que, posiblemente hace dos siglos, solamente se
escuchaban como anécdotas, que de tan lejanas abrumaban y por ello
sencillamente se ignoraban. Estamos descubriendo que hasta ahora
hemos configurado un mundo que reforzaba y nos permitía justificar
aquello que era una locura cuestionar: que somos seres
multidimensionales, que nuestra ética no es la implementación
directa de una deidad sobre la que no se puede arrojar dudas. La
ética es el resultado de unos valores culturales que obedecen a unas
funciones concretas, pero también de una influencia genética que se
arrastra de generación en generación y que nos equipa para
desenvolver nuestra necesidad de garantizar la supervivencia.
La
percepción del mundo exterior no es el resultado de una
transferencia directa de la realidad a nuestra consciencia. El mundo
exterior es construido mediante la coordinación de miles de
circuitos nerviosos que se activan para que podamos tener esa
percepción consensuada de lo que vemos. Y con todo esto, hay algo
que también desaparece: “yo”. Resulta que la consciencia es el
resultado de la unificación de un montón de dimensiones que al
final confluyen para permitirnos vivir con claridad sobre lo que
consideramos “yo”.
Siempre
hemos vivido con unos postulados que nos conformaban, que nos
tranquilizaban. ¿Qué pasa ahora que hay tanta información, pero
que a la vez, estamos tan perdidos?. Quizás el problema es seguir
intentando encontrar respuestas. Puede que esa sea la respuesta: no
hay respuestas. Pero esto no es solamente algo que nos lleva a asumir
el agnosticismo, sino que condiciona y pone en perspectiva nuestro
interés por hacer preguntas.
Siempre
estamos buscando respuestás más allá que nos consuelen, que
validen y que justifiquen nuestros comportamientos errados. La
pregunta adecuada quizás sería, ¿Por qué no paro de darle
respuestas a ese yo?. Quizás eso que conocemos como “yo” en
realidad nos asusta cuando nos hace pensar que si él desaparece,
nosotros también lo hacemos.
¿Pero
qué es “nosotros”?. Estamos equipados para darnos importancia,
para consolar nuestras inquietudes. Puede que nuestra función en la
vida se haga mucho más amplia si también conseguimos ser más
conscientes. Ser conscientes, de que ahora podemos decir que la
experiencias de nuestros antepasados están dentro de nosotros, que
formamos parte de un filamento en desarrollo. Que nuestra
desesperación es una desesperación repetida copiosamente de
generación tras generación, que estás programado para perecer:
porque es lo más óptimo, lo más adaptativo, lo más sostenible.
Que tú, lo que tú reportas; tu cuerpo, tu misión, es mucho más
que tu proyecto personal, es mucho más que la instrucción a la que
te sometiste desde pequeño. Y que todas esas cosas en las que nos va
la vida, no son sino, las coordenadas en las que no hemos tenido más
remedio que sufrir desde este plano limitado de la realidad.
Cuando
nacemos abrimos los ojos, nos iluminamos por estimulantes corrientes
policromáticas. Como eclipses que pasan como olas por nuestro campo
visual, nos alucinamos hasta que empezamos a ver que hay ciertas
regularidades que se repiten. Entonces, empezamos a aprender.
Aprendemos que hay cosas que reproducen un cierto orden. Aprendemos
que hay cosas que evitar, que hay cosas a las que acercarse, y que
ahí fuera hay alguien, una figura aún borrosa, pero constante, que
parece que nos tutela. Luego vemos que hay algo que transportamos o
que nos transporta, que viene equipado con una indumentaria que tiene
como utilidad permitirnos tocar aquellas cosas que están afuera.
Luego empezamos a interiorizar las dimensiones del espacio: arriba,
abajo, alante, atrás. Y al final, encapsulada en nuestra percepción
fragmentada de todas esas partes que al final nos constituyen,
construimos el tiempo, generamos los conceptos del antes y el
después, y aceptamos sus dictámenes, sus normas. Entonces,
empezamos a generar un habitáculo neuronal en el que empezar a
registrar eventos que tengan lugar, pues los que antes pasaron por
ese camino ascendente de expresión genética ya supieron que allá
arriba nos esperan normas, retos y que es mejor recordar. Entonces
toda la fragmentación de nosotros se unifica, y se genera un espacio
donde todas las partes de nosotros se sintetizan para guiarnos con
orden, con determinación, aunque también se expone a
desfragmentarse si lo que encuentra en el entorno son dictámenes
contradictorios, aleatorios y despiadados.
Así
pues, lo aceptamos. Aceptamos que no queda más remedio que ofrecer
un proyecto de vida concreto: ilusionarse en la juventud, emprender
en la adultez y rendirse a la contemplación de la vejez.
Aceptamos
el plan, nos ponemos el reloj y entonces
la
consciencia nace.
20-1-15
Fuentes:
Adicción
al pensamiento – Pedro Jara
El
viaje al poder de la mente – Eduardo Punset
Neurocultura,
una cultura basada en el cerebro – Francisco Mora
El dios de cada uno - Francisco Mora
El dios de cada uno - Francisco Mora
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