martes, 20 de enero de 2015

LA UNIFICACIÓN DE LA CONSCIENCIA

         

         ¿Qué es esa cosa que dimana en nosotros cuyo comienzo nos resulta a todos difuso?
       ¿Qué es esa cosa que siempre intentamos petrificar, proteger de los golpes del tiempo, y que no queremos aceptar que pasa efímera como el chispazo de un mechero?

       Posiblemente alguno de ustedes haya sido testigos de cómo el hálito de una palabra ha asomado consternada, tierna y recelosa en su mente: “La vida”.
      Sin embargo, no es eso a lo que me refiero. Estoy aludiendo a un ente mucho más frágil y condicionado que la vida: la consciencia. No es la vida lo que queremos que no se extinga de nosotros. En realidad la vida pasa, se releva de generación en generación, y se extiende en la dimensión temporal sin recato, ni preocupación.
       Es la consciencia sobre vivir lo que nos hace pensar que es la vida también lo que se pierde cuando alguien muere. Pero la consciencia es frágil y condicionada.
Condicionada, porque depende de nosotros, porque si uno elimina sus tendencias posesivas ante la vida, al menos le queda la consciencia, que es de uno y nada más, pero que parece esfumarse cuando el cerebro se apaga.
       Es frágil, porque depende de un cuerpo único, que tiene sus patrones concretos, un corazón que lo combustiona, unas patologías latentes esperando a desenvolverse (si es necesario), un recorrido, una historia, una oportunidad.

      A lo largo de la historia los filósofos han intentado dilucidar qué es lo que nos hace diferentes a los animales. La civilización se ha diferenciado y distanciado de la naturaleza. Hemos dado por hecho que ocupamos un lugar privilegiado en el medio que nos rodea. Las religiones han avalado nuestras historias, han justificado nuestros sacrificios y nos han permitido vivir con esperanza, sabiendo que más allá de lo que conocemos como “esta vida” una historia diferente está siendo curtida para salvaguardarnos, para dar respuesta a nuestras preguntas.

      Un principio básico en psicología es el siguiente: “los individuos no se supeditan a la realidad en la cual conviven, los individuos supeditan esa realidad a sus preceptos”. De este principio se extrae que de manera casi mecánica un individuo se referirá a su realidad próxima como la única realidad posible, la auténtica realidad (pero la ontología no se corresponde con la epistemología, como si decía Platón). Lo cierto es que la realidad que conocemos es la realidad que nosotros construimos. ¿Se necesita mucho empeño para luchar en contra de esta torrencial y natural tendencia?.
      Un ejemplo de nuestra subjetividad es el siguiente: las manzanas son rojas, porque categorizar el color rojo como algo radicalmente diferente al verde nos permitía en antaño localizar las frutas de los árboles, con menos esfuerzo en la búsqueda. Pero lo cierto es que hay una energía externa que tiene unas cualidades diferentes. Hay algo fuera ante lo que nosotros reaccionamos. Por nuestra parte no nos queda más que generar la sensibilidad pertinente para diferenciar el rojo del verde, porque es así como nuestra evolución lo ha establecido.
      Pero la energía que llega a nuestros ojos es espuria, está sucia, está diluida en un intercambio caótico de moléculas que nuestro cerebro, con gran esfuerzo, maña y constancia, ha conseguido limar para que todo parezca limpio, para permitirnos discurrir por el entorno de la manera más operativa y funcional que hasta el momento conocemos.
      Pero la realidad, la realidad es más compleja de la que nuestro cerebro determina. La realidad es un reto continuo. A cada hora, cada minuto, cada segundo. La información que recibimos de fuera es nueva, disonante e incluso desestabilizadora.
       Lo cierto es que todos estamos bien contentos cuando vemos que los países occidentales están de acuerdo con el consenso implícito que pone en punto de mira a cualquiera expresión de terrorismo islámico. Nadie se opone ante el hecho de que la supremacía hegemónica de Europa y de EEUU es incuestionable, porque nuestra superioridad ya no se avala en la -ahora cuestionada- superioridad económica, sino que a nuestro favor tenemos los valores: la libertad, la democracia.
       ¿Son estos valores los que justifican nuestra superioridad? ¿O es nuestra tendencia a diferenciarnos de otros grupos sociales lo que justifica la exhibición de nuestros valores?.
       Y con esta pregunta entramos en el enclave más importante que concierne a nuestra consciencia. Lo que pensamos tiene intenciones, la realidad que construimos obedece a intereses personales que no siempre reconocemos.
       Cuando miramos los libros de texto de historia, parece que nos hablan del pasado como algo que tienen solución de continuidad con el ahora, como algo que pertenece a otro mundo, incluso como algo que pertenece a la élite (la aristocracia, la monarquía...).
      Si desde pequeños nos enseñaran a valorar las cosas, sin mensurar las experiencias históricas recopiladas desde las limitaciones de nuestra percepción temporal, posiblemente desarrollaríamos más atracción por los acontecimientos remotos, puesto que desde la perspectiva del tiempo geológico: 1000 años es nada, 5 millones de años también lo es, y el origen y fin del universo quizás es tan efímero como el chispazo de un mechero, como nuestra “vida”.

       La realidad es una construcción. Y ello quiere decir que durante siglos hemos estado siempre peleándonos por defender diferentes verdades incuestionables para interpretar la realidad. “Si la realidad es que mi Dios creó mi mundo, cualquier alternativa o cualquier corriente incipiente en mi territorio es sencillamente una aversión a mi manera de pensar y una amenaza para los míos”.
Pero, vuelvo a hacer la misma pregunta tautológica que antes hice, ¿la construcción indisociable de otras perspectivas es lo que provoca que yo luche por defender mi parcela de verdad? ¿O es mi motivación por estar por encima de los demás, por tener acceso a los recursos y al poder (aunque no lo reconozca conscientemente) lo que me lleva a creer tajantemente en una verdad que estaré dispuesto a defender hasta la muerte?.
       Francisco Mora es uno de tantos neurólogos que creen en una creciente consiliencia de las ciencias, cree que las humanidades y las ciencias no tendrá más remedio que converger aceptando su necesaria retroalimentación mutua. En uno de sus libros, justifica la base neurológica por la que estamos programados para estar dispuestos a creer en un Dios, a sacralizar una realidad, a ponerla en el exterior como algo que de orden, seguridad y estabilidad a mí y a los míos.

       Es difícil poder afirmar que todas nuestras creencias y también nuestros patrones han tenido un importante papel en el desarrollo evolutivo. La psicología evolutiva está en boga en las ciencias naturales, gracias a ella nos podemos permitir ver hasta qué punto ciertos mecanismos mentales que llevan operando en nosotros han tenido más que ver con los intereses sesgados por ver las cosas de un determinado modo, y no de otro, que con la defensa de una realidad auténtica.

    ¿Qué sucede cuando vivimos en un mundo que ofrece múltiples y compartimentadas explicaciones ante la realidad?
       Por un lado los genetistas nos dicen que nuestro comportamiento viene de un origen animal, y que en nuestro día a día dichos vestigios todavía influyen en nuestra ejecución diaria.
       Los constructivistas nos dicen que la realidad es un consenso social, que es algo contingente y arbitraria. Nos dicen que de base hay un motivo de supervivencia, la aceptación del criterio del grupo y la evitación de alienamiento. Pero dicen que todo es maleable, cambiable, idiosincrásico. 
       Las religiones, en este panorama de explosión epistemológica, todavía siguen lanzando sus verdades sentenciosas, sus axiomas.
       Los psicólogos clínico-conductuales nos hablan del control del estrés, de todas aquellas cosas que tenemos que hacer para tener una vida sana.
       Los antropólogos nos preguntan para qué queremos una vida sana.
      Los que están implicados socialmente nos hablan de las consecuencias que tiene nuestra vida sana en el resto del mundo.
       Los economistas nos muestran crispaciones parametrales y abanderan el "status quo" del consumo como la forma más sublime de forma de vida.

       Y en la vida personal no todo es menos. ¿Qué es lo correcto?, ¿vivir el momento o vivir conscientemente responsabilizándose de lo que sucede alrededor?¿O ambas cosas?. Digo esto, porque a los psicólogos fabricados en las facultades nos han instruido para entender los problemas del individuo atendiendo a su contexto circundante y dando por hecho que queremos que esa persona disminuya en ansiedad y disminuya en estrés. Pero la pregunta realmente pertinente que habría que hacerle a un paciente, posiblemente sea ¿Para qué?. ¿De qué sirve que continúes con tu aberrante forma de vida? ¿Por qué quieres sentirse, sencillamente, “bien”?.
       En ocasiones, solucionar un problema no consiste en disminuir los indicadores manifestados de los síntomas (si se le sale un ladrillo a la casa, le doy un martillazo al ladrillo para que vuelva a su sitio). Somos seres multidimensionados, y dicha manifestación externa sintomática a veces no es sino la vía de escape, la expresión, de una serie cuajada de elementos que luchan por dentro. La realidad es holística. Y no estoy con ello defendiendo el psicoanálisis. Este es un concepto, que aunque no se oiga asiduamente, los propios neurocientíficos dan por hecho: no existe un área concreta que determine la consciencia – que es el tema que nos trata – la consciencia posiblemente tiene lugar como el resultado global de la interacción coordinada de todas las áreas cerebrales. No hay un área que orqueste al resto. El cerebro funciona de manera sincrónica, todas sus partes se implican con la misma importancia, por el simple hecho de que si eliminas una parte: el todo pasa a ser algo diferente. Cuando un área concreta se lesiona el resultado no es la expresión directa del déficit de ese área, sino del acoplamiento de todas las áreas colindantes que se asocian con el área lesionada.

       Como pueden notar. Este es mi primer artículo en mi blog. Y más que el tratamiento de un tema concreto, parece que estoy haciendo una divagación encadenada sin un objetivo concreto. He de decir, que las formas del artículo no son las perfectas, pero que anuncio que todo para mí, de cuanto he dicho, está totalmente relacionado. Está relacionado, porque los avances a los que me referí son manifestaciones de nuestra cultura que han conseguido implementarse en nuestro tejido comunicacional desde hace muy poco, aunque no han conseguido hacer mella en la consciencia global ni en los patrones mecanizados de nuestras conductas y nuestros pensamientos.
       ¿Qué es lo que te convierte en “tú”?. ¿De verdad eres de esas personas que nunca te lo preguntas? ¿De verdad no tienes, con el transcurso de la edad, la inquietante e incipiente necesidad, de sencillamente, creer en algo?.
       Si eso es así, reconoce, quizás sea la parte más importante. Reconocer que el ser humano necesita creer en algo. Por eso yo no soy de esos que van despotricando contra las religiones.
       Las religiones responden a una necesidad humana genuina, si no fuera así, sencillamente no existirían.
       ¿Estoy justificando la religión?. De qué me sirve responder a esta pregunta, la realidad es que las religiones existen. Pero al margen de lo que se crea, lo que realmente hay es una necesidad de -Eduardo Punset dice que innata- consagrarse a un esquema que de sentido a nuestra existencia, que nos permita, al fin y al cabo, ser felices.

El mundo se ha perfeccionado, se ha curtido de una ingeniería tecnológica, informática y mercantil, sin parangón. Pero lo cierto, como dice Pedro Jara en Adicción al pensamiento, es que seguimos teniendo las mismas limitaciones mentales que antes, por el simple hecho de que es más fácil cambiar la realidad externa material -seguida de los valores sociales- que la consciencia de las personas.
       Seguimos necesitando las mismas cosas de hace siglos, seguimos teniendo la necesidad de crear un nicho cercano en el que validar una realidad inmediata, tangible, cercana. Y eso es posiblemente la necesidad más genuina que debamos reconocer. Nuestro mundo se ha vuelto complejo, una máquina gigante de fabricar crecimiento, una máquina que se hincha y que arriba, en dicho crecimiento, la tensión creciente de la desigualdad, la miseria. Dentro de nosotros está la vida, nuestros cuerpos, nuestras células están fabricados con el material del planeta. Pero el sistema que hemos creado hace que nos diferenciemos cada vez más del otro, que miremos asombrados por las ventanillas de Internet los gozos infinitos de los que nos privamos, que pensemos que merecemos, (que podemos) lograr más, mucho más. Pero la realidad es, que unos seres que viven en este mundo tan complejo y que tienen por mayor motivación la de destacar, la de hacerse ver; no son individuos conectados, no son individuos conscientes. Pues la expresión del sistema es la expresión de nuestra construcción conjunta; somos la expresión -arbitraria, causal y transitoria- de la vida que el planeta manifiesta.

       Como dije antes, durante siglos, nuestras funciones han estado claramente determinadas. El que nacía tenía una longevidad bastante más escasa de la que la mayoría de nosotros goza (al menos, los que llegan a leer esta entrada). El mundo externo en el que vivíamos tenía, por lo general, fuentes claras sobre las que proclamar qué es “la verdad”. La ética no era solamente una dimensión humana a la que se apelaba, sino que se daba por sentado que era el pilar axiomático de la realidad social del día a día -su tu mujer cometía adulterio, lo correcto era asesinarla, sin más cuestiones-.
       Durante siglos, en el ser humano han prevalecido esos preceptos sobre los que al fin y al cabo hemos ido generando estabilidad. Es comprensible la necesidad por parte de algunos de negar las evidencias. Se hace entonces evidente la inquisición de Galileo, la clandestinidad de la teoría evolucionista de Darwin y la aversión al giro Copernicano.
       La verdad asusta. La verdad muestra que lo que habíamos creído era solo una ilusión, un fantasma, una mentira. En el último siglo hemos sido testigos de un despliegue sin-igual en cuanto al conocimiento exhaustivo del mundo. Continuamente vivimos estimulados por evidencias que, posiblemente hace dos siglos, solamente se escuchaban como anécdotas, que de tan lejanas abrumaban y por ello sencillamente se ignoraban. Estamos descubriendo que hasta ahora hemos configurado un mundo que reforzaba y nos permitía justificar aquello que era una locura cuestionar: que somos seres multidimensionales, que nuestra ética no es la implementación directa de una deidad sobre la que no se puede arrojar dudas. La ética es el resultado de unos valores culturales que obedecen a unas funciones concretas, pero también de una influencia genética que se arrastra de generación en generación y que nos equipa para desenvolver nuestra necesidad de garantizar la supervivencia.
       La percepción del mundo exterior no es el resultado de una transferencia directa de la realidad a nuestra consciencia. El mundo exterior es construido mediante la coordinación de miles de circuitos nerviosos que se activan para que podamos tener esa percepción consensuada de lo que vemos. Y con todo esto, hay algo que también desaparece: “yo”. Resulta que la consciencia es el resultado de la unificación de un montón de dimensiones que al final confluyen para permitirnos vivir con claridad sobre lo que consideramos “yo”.
         Siempre hemos vivido con unos postulados que nos conformaban, que nos tranquilizaban. ¿Qué pasa ahora que hay tanta información, pero que a la vez, estamos tan perdidos?. Quizás el problema es seguir intentando encontrar respuestas. Puede que esa sea la respuesta: no hay respuestas. Pero esto no es solamente algo que nos lleva a asumir el agnosticismo, sino que condiciona y pone en perspectiva nuestro interés por hacer preguntas.
Siempre estamos buscando respuestás más allá que nos consuelen, que validen y que justifiquen nuestros comportamientos errados. La pregunta adecuada quizás sería, ¿Por qué no paro de darle respuestas a ese yo?. Quizás eso que conocemos como “yo” en realidad nos asusta cuando nos hace pensar que si él desaparece, nosotros también lo hacemos.
      ¿Pero qué es “nosotros”?. Estamos equipados para darnos importancia, para consolar nuestras inquietudes. Puede que nuestra función en la vida se haga mucho más amplia si también conseguimos ser más conscientes. Ser conscientes, de que ahora podemos decir que la experiencias de nuestros antepasados están dentro de nosotros, que formamos parte de un filamento en desarrollo. Que nuestra desesperación es una desesperación repetida copiosamente de generación tras generación, que estás programado para perecer: porque es lo más óptimo, lo más adaptativo, lo más sostenible. Que tú, lo que tú reportas; tu cuerpo, tu misión, es mucho más que tu proyecto personal, es mucho más que la instrucción a la que te sometiste desde pequeño. Y que todas esas cosas en las que nos va la vida, no son sino, las coordenadas en las que no hemos tenido más remedio que sufrir desde este plano limitado de la realidad.
       Cuando nacemos abrimos los ojos, nos iluminamos por estimulantes corrientes policromáticas. Como eclipses que pasan como olas por nuestro campo visual, nos alucinamos hasta que empezamos a ver que hay ciertas regularidades que se repiten. Entonces, empezamos a aprender. Aprendemos que hay cosas que reproducen un cierto orden. Aprendemos que hay cosas que evitar, que hay cosas a las que acercarse, y que ahí fuera hay alguien, una figura aún borrosa, pero constante, que parece que nos tutela. Luego vemos que hay algo que transportamos o que nos transporta, que viene equipado con una indumentaria que tiene como utilidad permitirnos tocar aquellas cosas que están afuera. Luego empezamos a interiorizar las dimensiones del espacio: arriba, abajo, alante, atrás. Y al final, encapsulada en nuestra percepción fragmentada de todas esas partes que al final nos constituyen, construimos el tiempo, generamos los conceptos del antes y el después, y aceptamos sus dictámenes, sus normas. Entonces, empezamos a generar un habitáculo neuronal en el que empezar a registrar eventos que tengan lugar, pues los que antes pasaron por ese camino ascendente de expresión genética ya supieron que allá arriba nos esperan normas, retos y que es mejor recordar. Entonces toda la fragmentación de nosotros se unifica, y se genera un espacio donde todas las partes de nosotros se sintetizan para guiarnos con orden, con determinación, aunque también se expone a desfragmentarse si lo que encuentra en el entorno son dictámenes contradictorios, aleatorios y despiadados.
       Así pues, lo aceptamos. Aceptamos que no queda más remedio que ofrecer un proyecto de vida concreto: ilusionarse en la juventud, emprender en la adultez y rendirse a la contemplación de la vejez.
       Aceptamos el plan, nos ponemos el reloj y entonces
                                                                                      la consciencia nace.

                                                                                                                       20-1-15


Fuentes:

Adicción al pensamiento – Pedro Jara
El viaje al poder de la mente – Eduardo Punset
Neurocultura, una cultura basada en el cerebro – Francisco Mora
El dios de cada uno - Francisco Mora